Testimonio – Chavka Raban – .

No soy historiadora o investigadora. Cuento lo que he vivido en el pasado, y me puedo permitir narrar todo, que no es posible, pero sí fragmentos de mi historia personal.
Antes de que comenzara la guerra había comenzado mi vida, tenía dos hermanos mayores y padres que me querían mucho. Yo era la pequeña en casa, una casa tradicional no muy religiosa. Celebrábamos las fiestas. Incluso fui a un colegio.
Con 12 o 13 años escuché hablar de la guerra civil de España, y ya comprendía por qué hablaba la gente de eso alrededor. Entonces había gente que se unía a la brigada internacional. El 1 de Septiembre, volví de un campamento de verano y de repente me enteré de que comenzó la guerra, y vi los aviones bombardeando Polonia con tremenda fuerza y crueldad. Durante dos semanas bombardearon Varsovia. La familia sobrevivió los bombardeos. Yo tenía 15 años y mucho miedo de lo que pasaría cuando los alemanes entrasen en Varsovia.
Ya sabíamos lo de los cristales rotos, había judíos alemanes huidos en Polonia.
Una vez, tres o cuatro soldados alemanes entraron en nuestra casa a buscar algo de valor. Revolvieron todo y no encontraron nada. No sé por qué, pero empezaron a disparar sobre cristales y lámparas, y toda la familia allí delante, mis hermanos y yo, en la impotencia absoluta. No pude escapar ni resistir, pero nos dejaron con vida.
Después de un tiempo empecé a visitar una casa frente a casa de mis padres. Era una casa para los movimientos juveniles judíos fundados antes de la guerra. Los lugares en que se daba la formación estaban dispersos. Aquellos formados por los movimientos juveniles fueron el germen a partir del que se terminó formando la resistencia. Eran gente con 23, 24 y 25 años. Eran nuestros líderes.
Nosotros teníamos que hacer todo en modo clandestino. Estudiábamos mucho y si en la puerta de la casa aparecía algo sospechoso, entonces pensábamos que algo terrible podía pasar. Un grupo judío era algo prohibidísimo. Tuve parte en tres semanas. Estudiábamos sobre Israel, socialismo, sionismo, psicología … Guardo un buenísimo recuerdo. Todo queda tan grabado en el alma a esa edad. Muchas cosas que pensaba entonces sigue siendo mi opinión.
Al acabar el seminario me uní a la resistencia. Ante todo, los judíos ya no podían ir al colegio. Organizamos escuelas clandestinas. Buscábamos profesores de confianza, eran muy especiales. Uno de ellos luego hizo Oneg Shabbat, el proyecto de entierro de lo que nos hicieron los alemanes en Polonia.
El hambre no era lo peor, lo pasábamos todos. Era un hambre tremendo, pero no era lo peor. En Varsovia, por entonces, vivían 300.000 judíos, y en el gueto de Varsovia hubo un gran hacinamiento. Aquello no era vida. Por eso era tanto más importante organizar cosas para niños y jóvenes. Unas horas de estudios para facilitarles y hacerles mejor la vida llena de dolor y de pena que era la del gueto de Varsovia.
Participé en la publicación de un periódico en polaco. Incluso organizamos un club de arte dramático. Lo organizó un gran poeta que teníamos. Nos enseñó Tanaj en Yiddish o en Polaco. Todo eso era importante ya que cada expresión libre del espíritu era una forma de resistencia muy importante a los nazis.
Gente que estuvo conmigo en 1941 tomó parte en el alzamiento del gueto. La mayoría murieron. Eso era una resistencia educativa y educadora. Por eso, nació de allí la resistencia armada. Eso viene de la formación del espíritu. No teníamos armamento, pero una motivación grande de vengar el holocausto. Todo se fraguó de modo paulatino. Se acostumbraba a la gente a aceptar un destino horrible, se manipulaba, se engañaba. Se quería dar una pequeña esperanza, ya que se quería evitar una resistencia dura.
Después de un año de actividad clandestina en gueto, obtuve un papel, el gueto de Varsovia estaba detrás de unos muros y necesitábamos contactar a otros guetos. Teníamos que organizar actividades de resistencia moral y educativa, pero no había manera de llegar al gueto. Los que vivían fuera de los guetos tenían muy difícil ayudar. Desde aquella situación o a su luz surgió una nueva tarea: La de servir de enlace. Se hacía por chicas, ya que la circuncisión delataba a los varones. En el momento en el que era sospechoso uno, lo desnudaban a ver si estaba circuncidado.
A mi propia familia le pasaron cosas. La primera gran víctima fue papá, que fue trasladado a Treblinka. Mis hermanos tenían la esperanza de construir algún tipo de escondite. Los cogieron. Luego me tocó.
Cuando me arrestaron, mis hermanos aún estaban vivos. Solamente al terminarse la guerra, supe que mi hermano mayor, que era un arquitecto joven con muchos amigos polacos antifascistas. Estaba ya casado. Los amigos polacos le ayudaron a salir del gueto. Entonces se dedicó a falsificar papeles para los judíos. Los papeles son lo más importante para la movilidad de una organización clandestina. Él se unió a los partisanos en los bosques de Polonia, y murió en uno de los combates. Lo supe después de la guerra.
El otro hermano, tomó parte en la vida del gueto, luego fue a otros guetos, fue reconocido como judío y lo mataron de un tiro en el acto.
A mamá, decían que tenía la apariencia adecuada y “buena”, no parecía judía. Trabajó y sobrevivió y volví a verla después de la guerra.
El papel que yo tenía en la resistencia tenía que ver con la buena apariencia que tenía de joven, yo era rubia, de ojos azules y me parecía a cualquier chica polaca. Además era guapa. No tenía acento en polaco. Eran las condiciones a cumplir. Era evidente que lo iba a hacer. Y lo que tenía que hacer era pasar de un gueto a otro y transmitir la información. No había Internet ni nada de lo que hay ahora. Teníamos que contarnos las cosas en persona.
Ya sabíamos lo de las persecuciones, lo del gueto de Vilna. Contábamos para que la gente se resistiera, para que buscara escondite, para entregar los niños a familias no judías, ya que había gente dispuesta a quedarse con los niños, cobrando o gratis. Aquella participación era un gran peligro para ellos, los alemanes ejecutaban a la familia y a veces a toda la calle. Pero yo tenía que animar a la gente a que no se quedara esperando a su destino, tanto en el gueto como en el campo de concentración, tenía la impresión de que todo el mundo se olvidó de nosotros.
Durante un año, viajé en trenes con nombre falso. Tenía un miedo tremendo. Es lógico que uno tenga miedo, pero no podía permitirme mostrar mi miedo. Tenía necesidad de llorar y no podía. Aquello era lo más parecido a actuar en el teatro. En los trenes vi cosas terribles: El exilio de los judíos, disparar a gente sin razón alguna, vi a los alemanes mandar a gente cavar su propia tumba y dispararles allí mismo… Terrible.
Un día llegué a Cracovia. Ahí había un grupo que trabajaba en atentados y sabotajes. Era un día 22 de un mes de Diciembre de 1942. Los chicos me echaron del grupo, pensaban que era muy peligroso. Se planeaba un ataque a un café en el que se reunían nos alemanes. Los chicos iban a atacar con armas. No acepté la propuesta de abandonar. Éramos unos 15. Yo salí a comprar cosas, comida y cosas. Los chicos se hicieron con coches, aprendieron a hacer explotar coches.
Aquella noche nos preparamos y de repente se abrió la puerta y delante de nosotros había muchos soldados alemanes apuntándonos. Nos subieron a un camión, nos llevaron a una cárcel de la Gestapo. Yo declaraba que era polaca. No sabía que harían con nosotros y pensé que podía salvarme. En los interrogatorios decidieron que yo era una polaca que ayudaba a los judíos.
En un mes estaba en Birkenau. El campo era muy grande, eran muchos campos y yo estaba en Birkenau. Nos subieron a los trenes de ganado para llevarnos al campo de concentración de mujeres. Se abrieron las puertas y nos metieron en el campo.
Os contaré solamente la entrada. Era Enero. No como en España, que está muy bien en Enero. Aquel año y en Polonia había 25º bajo 0º. Nos hacían desnudarnos. Me cortaron la preciosa melena que tenía. Eso con 18 años era muy duro. Era una mujer joven y luego me tatuaron el número.
De una luchadora de la resistencia pasé a formar parte de un infierno que no se puede describir con palabras. No teníamos nombre, éramos un número.
Aquello no se lo puedo contar. Lo que siempre me siguió acosando fue el olor de la piel quemada. La piel humana quemada. Y la vista de humo subiendo de aquellas chimeneas enormes. Sabíamos que era la gente quemada.
Debo parar, lo que se veía allí no se debe contar.
Después de Birkenau estuve en la marcha de la muerte aquella. En Enero de 1945, en un tremendo frío, sacaron a miles de personas de distintos campos.

[…] Nos trasladaban sin piedad y sin consideración. Muchos murieron.
Me liberó la Cruz Roja.

Chavka Raban, superviviente de Auschwitz y enlace entre los resistentes de los guetos.

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